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domingo, 15 de septiembre de 2013

El Complot Mongol



En noviembre del año pasado, estando en México, decidí comprar algunos libros “fundamentales” de autores mexicanos contemporáneos. 


Fui a la Cafebrería El Péndulo de la Zona Rosa y allí le dije al chico que me atendió que quería leer autores mexicanos contemporáneos y le listé un par de libros que me gustan para que entendiera más o menos mis temas o tipos de libros predilectos. Para mi sorpresa este chico escogió un buen par de libros, uno de ellos es este.


El Complot Mongol es un ícono en la literatura mexicana, específicamente en el género llamado “novela negra” y es la obra más conocida de su autor, Rafael Bernal,  quién además fue guionista para la televisión y el cine, poeta, historiador, publicista y diplomático. 


La novela trata sobre la investigación que le es encargada a un detective de la Policía Nacional que, con anterioridad, había servido a las fuerzas revolucionarias. Para que se hagan una idea de cómo es el carácter de este detective, es un pistolero que página a página va mostrando la complejidad de su ser y de sus sentimientos. 


Esta investigación busca desentrañar un atentado contra el presidente de los Estados Unidos durante su visita a México. La información fue filtrada por la KGB y, por ser el presidente de los EEUU, también interviene el FBI. 


Un poco de amor hay en la novela, porque a este detective no solo le salen al paso intrigas inesperadas, sino un pseudo romance también. 


Bien escrita, tragi-cómica, con su dosis de suspenso y violencia y ambientada en el DF. 

El final es impredecible y esconde una crítica al sistema político aplicable a cualquier país. 

En youtube está colgada la película de la novela (1977), no la he visto, pero se las dejo aquí por sia... 

Pd: Debería agradecerle al joven de la Cafebrería en mi próxima visita ^_^

lunes, 19 de agosto de 2013

Caracas Muerde

Gracias a la recomendación del novio de una de mis mejores amigas, leí una de las crónicas de este libro quedando totalmente enganchada.


Si bien tengo un "issue" con Caracas (aquí les pego el link de mi entrada "Mi Carta de Amor"... por sia) objetivamente hablando este libro se las trae.


Y es que para un caraqueño es imposible no verse reflejado en los "cuentos" (que bien pueden no serlo) de este libro que por delgado que sea pesa una barbaridad en el alma y en el corazón.


Nacer y vivir en Caracas es sentir amor y odio, saborear esta ciudad deja un gusto agridulce, porque Caracas...muerde.


Hay crónicas tristes, que dan miedo, que dan risa. Todas bien reales, de esas que hay que pellizcarse para entender que las vive otro en el papel y no uno.


Me sorprendió gratamente cómo, de manera casi natural, Héctor Torres (el autor) nos conduce por las calles de la mano de sus personajes, cambia de tonos, de perspectivas y muestra, sin esfuerzo para el lector, las diversas caras de la ciudad.


Cómprenlo y léanlo en casa, estas crónicas son tan vívidas que da un poquito de miedo que cobren vida.


El autor tiene twitter (@hectorres) y acabo de descubrir que el libro también (@CaracasMuerde).



 

martes, 6 de agosto de 2013

Volando en el DF



Nunca la calle fue tan mía.


Nunca fui tan de la calle.


Tengo un par de años queriendo ser ciclista urbana. Lamentablemente, dado que para hacerlo tendría que atravesar una de las zonas más peligrosas de la capital venezolana a las peores horas, desistí de la idea y escuché los consejos de quienes me dijeron que no lo hiciera.


Hace unas semanas en México DF tuve la oportunidad de cumplir mi sueño.


Con la tarjeta prestada de una amiga, tomé una de las bicis del sistema de transporte público individual ECOBICI y durante poco más de diez días viví un idilio; redescubriendo esa ciudad que pensé que ya conocía, apropiándome de ella, fundiéndome en ella. 


Mis primeros trayectos fueron cortos y tímidos, me aterraba perderme, me asustaban los carros. Creo que llegaba a hacer sonidos y a decir cosas como “Dios miooooo”  mientras pasaba entre ellos. 


Poco a poco el rompecabezas aislado que era para mí el DF se fue ensamblando de manera prodigiosa y fuí agarrando confianza. 


Logré enlazar la Roma con la Zona Rosa, Chapultepec con Polanco y Escandón con La Condesa. Ya más allá de ubicarme en el sistema metro y metro bus, era capaz de ubicarme a pie y a pedal. 


Me sentí segura, internándome en la ciudad, conociéndola pedal a pedal. 


Sonreí como nunca durante esos días. Los ciclistas sonríen porque es inevitable no sentirse feliz sobre esas dos ruedas y la mayoría de las personas en los otros medios de transporte también les sonríen. Trabé esas pequeñas conversaciones típicas de ascensor en cruces y semáforos. Los ciclistas hablan del clima, se previenen, se dan el paso y se saludan.


También  fui entendiendo que no tenía que amoldarme a la bici totalmente, que ella podía adecuarse a mí. Así que pedaleé con leggins, faldas (evidentemente teniendo cuidado), sandalias y tenis; con bolsos y carteras.


Me sentí libre, de una manera que nunca había experimentado.


Aunque podía agarrar el metro desde el inicio de mi trayecto (en aquellos casos en los que mi destino era un lugar no conquistado por ECOBICI), prefería irme en bici hasta donde pudiera y de allí cambiar a cualquier otro medio de transporte. 


La pequeña campanita fue música para mis oídos, ¿alguien conoce alguna otra manera más agradable de pedir el paso que con ese hermoso tintineo?. Parecía gritarle a todo el mundo “permiso por favor, aquí vengo yo y vengo feliz”.


Empecé a usarla también de noche (antes de las 12 horas ya que el sistema cierra a media noche), es increíble cómo cambian las calles de tenebrosas y oscuras a enigmáticas y nostálgicas cuando vas acompañada de una bici.


Dos días antes de irme hice el trayecto más largo: desde la calle Salvador Alvarado en Escandón, hasta la calle Blas Pascal en Polanco; llegué cansada a mi destino pero muy muy feliz. 


Por supuesto que no todo es color de rosa. El sistema está todavía en su primera etapa, así que hay mucho conductor testarudo que sigue usando la ciclovía para estacionarse, para descargar, que no ve cuando abre la puerta, que no cede el paso a la bici o que cree que la bici no tiene derecho de usar un canal de la calle. 


Los conductores no son solo los mal portados. El peatón que anda caminando a lo largo de la ciclovía, o que no respeta las señales de tránsito y a pesar de no tener el semáforo a su favor cruza haciéndonos frenar en seco (como que nunca les ha golpead una bicicleta), o que espera el bus en la ciclovía en vez de hacerlo en la calzada, también es un dolor de cabeza y otro actor que hay que educar.


Tampoco el ciclista urbano está muy educado. Muchos van en sentido contrario y se creen que lo están haciendo muy bien porque andan por la ciclovía, sin darse cuenta que ponen sus vidas y las de otros compañeros ciclistas en peligro; los ciclistas que se comen la luz en los semáforos o los que toman las calzadas por asalto quitándole el espacio a los peatones, no saben lo mucho que la están embarrando (o la torta que están poniendo, para decirlo en venezolano).


No puedo esperar el momento para repetir esta experiencia, en cualquier momento, conquistando cualquier otra ciudad.


Una de las frases más famosas de la pintora mexicana Frida Kahlo es “piés pa' que los quiero si tengo alas pa’ volar”, yo no tengo alas, pero denme una bicicleta y déjenme volar.  






domingo, 4 de agosto de 2013

La Independencia a Palos



Hace unos días terminé de leer "La Independencia a Palos" de Elías Pino Iturrieta. Este libro aborda de una manera bastante digerible una problemática social muy profunda: la idealización de la independencia en la sociedad venezolana.


En un texto como este que, de acuerdo a su autor, está conformado por material escrito independientemente para diversas conferencias o ensayos, es admirable notar que difícilmente se puede percibir esta "independencia", al contrario, los ensayos que lo conforman son una unidad perfecta.

Pino Iturrieta expone, con citas de fuentes reconocidas, como lejos de ser una gesta de caballeros guiados por el ideal de la libertad, nuestra independencia fue el producto de fuerzas políticas, sociales y económicas velando por sus intereses en un contexto propicio.

También explica sus conclusiones del origen de toda esta idealización plasmada en los textos educativos y repetida como fórmula por cualquiera que desee hacer carrera política.

La edición realizada por Editorial Alfa es amigable, pulcra, no le encontré ni un error ortográfico ni gramático.

Era la primera vez que leía a Elías Pino Iturrieta y, dados los resultados, no será la última. Se los recomiendo, este es un libro sumamente esclarecedor y brillante.

Su autor también es usuario del twitter (uno muy activo) @eliaspino ; sus temas predilectos son los políticos, vale la pena darle follow. 


viernes, 19 de julio de 2013

El exilio autoimpuesto



Nos vamos,

Nos cansamos de sufrir, de preguntarnos por qué

Nos vamos,

Nos negamos a seguir esperando, dilatando el hasta cuando

Nos vamos,

Con algo llenaremos este vacío de arepas, amigos y Ávila

Nos vamos,

Seguiremos con los pies acá y el corazón allá, viviendo aquí y soñando allá

Nos vamos,

Anhelando volver.



Hace unos días tuve la oportunidad de cocinarle mis famosos tequeños (bautizados por Nuloha como Maiteques) a los invitados venezolanos de una amiga (también venezolana) en México DF. 


Ese día, esas cuatro paredes fueron un huequito desde donde el que se asomara podía ver a Venezuela. Embajada improvisada con extraterritorialidad que envolvía los sentidos. Con olor a fritanga, sabor a ron y textura de un Toronto derritiéndose en la boca.


Esa noche nos paseamos por los 70’s, los 80’s y los 90’s de la música venezolana (o incluso la foránea que se puso de moda allá). Nunca Kiara ni Guillermo Dávila se imaginaron que saldrían a colación en pleno México DF en el 2013. 


En esa pequeña Venezuela improvisada hablamos de política (para variar). Para personas que tiene uno, dos, y hasta más de cinco años sin pisar su tierra me sorprendió su conocimiento exhaustivo de los cambios ministeriales,  de los nombres de hasta el más insignificante lacayo del imperio bolivariano (esto es material para otro post, don’t ask, don’t tell) y del más reciente activista opositor. 


Mientras yo quiero escapar vendándome los ojos con libros, tapándome los oídos con música y dopándome con mis seres queridos en reuniones en donde nos prohibimos hablar de política, ellos se sumergen en los periódicos, preguntan a todo el que está allá a todo el que llega, ellos quieren regresar y no dejar de sentirse parte. 


Están tranquilos, están felices y saben que tomaron la mejor decisión, la única que podían tomar. Pero la saudade no les abandona, el Ávila se les incrustó entre ceja y ceja y esta explanada en donde se extraña el verde les golpea la vista les recuerda día a día que gracias a Dios están aquí, pero que qué desgracia que no estén allá. 



Una amiga me decía que los venezolanos somos de los pocos inmigrantes que se reúnen frecuentemente, que forman una comunidad fuerte, que siempre andan pendientes de reconcer al compatriota. Y sí, en su mayoría somos así… creo que es porque el que se va se va porque tiene más que perder quedándose que saliendo del país. El que se va se lleva en la cabeza al amigo, familiar o conocido que mataron para robarle un celular o el susto del secuestro frustado del cual fue objeto. Creo que es por eso que cuando conocen a un No-boliburgués expatriado se le tratan como un hermano, porque al final para todos fue difícil.





Cuando estoy en Caracas, caminando o en el metro, a veces me topo con esas cosas que me dan un poquito de esperanza: un chico leyendo a George Orwell, un niño sobando a un perrito o un nuevo restaurante… esa reunión me envolvió en una calidez insospechada y me dio muchas esperanzas. Me hizo ver que aunque muchos de los nuestros, de esa gente trabajadora, buena, que ama a su país, está agarrando sus maletas para irse; también es cierto que no se van para siempre y están esperando el momento de poner fin a ese exilio autoimpuesto. 


Brindo por ellos, por mis compatriotas que más allá de nuestras fronteras son los mejores embajadores, los mejores consejeros y los mejores anfitriones que se pueda tener.