Lo confieso… amo el chile. El
habanero, el jalapeño, el poblano, el chipotle… el pequeño detalle es que soy
venezolana y cada gracia me resulta en unos labios hinchados y sin sensibilidad
por algunas horas, con un ardor en la garganta y unas lágrimas de pendeja en
los ojos.
Me pregunto por qué lo hago y sin
importar las consecuencias caigo enchilándome otra vez.
¿De donde salió la idea de
revolucionar el paladar de esa manera?…nadie puede decirlo, de hecho hay
registros que datan de la época pre colonial mesoamericana en los cuales resalta la
presencia del chile por lo que esta tortura culinaria sin duda es milenaria.


Mi masoquismo durante el último
viaje me generó muchas dudas, ¿las lágrimas del “enchilamiento” son
manifestación de dolor?, ¿por qué me gusta? ¿por qué sigo?
Indagando un poco sobre el chile
descubrí eso y otro tanto.
Resulta que sí, las lágrimas son
de dolor, el chile activa un proceso químico complejo que resulta en la
excitación de neuro-receptores (o algo así) responsables de transmitir
sensación de DOLOR (en mayúscula para que no quede duda). También resulta que
ese proceso termina en la liberación de endorfinas que dan la sensación de
placer. ¿Qué tal?
Así que sí que duele, pero
produce placer… aquí la máxima de “el hombre evita el dolor y busca el placer”
entra en conflicto y, en mi caso siempre termina ganando la parte placentera del
picoso aditivo.

Así que señores, somos
masoquistas, los mexicanos lo son porque se entrenan para sufrir y los
extranjeros lo somos porque sabiendo que no aguantaremos reincidiremos una y
otra vez…
Después de todo creo que la conquista indígena fue hasta más
inteligente y duradera que la española… esa adicción al chile nos esclaviza el
paladar.