domingo, 30 de enero de 2011

¿Evitando el racismo o promoviéndolo?


Los venezolanos solemos llenarnos la boca diciendo que no somos racistas. En un país donde hasta el plato típico navideño es una manifestación del mestizaje de la época colonial y en donde, de acuerdo a crónicas de la vida en sociedad de la Caracas de principios del siglo 20, “ninguna familia podía ser blanca blanca blanca” aludiendo a que por algún lado de seguro había una mezcla, es normal que la diferenciación por motivos étnicos se diluya en el tiempo, porque qué sentido tendría, ¿verdad?

Este fin de semana los hermanitos de una amiga dijeron que yo era la amiga más morena de las que estaban presentes. Lejos de pensar que la apreciación era negativa, me pareció, además de acertada, algo de lo más normal. En seguida recordé cuando en la  casa de la familia de un ex novio uno de sus primos (español-venezolano) de unos siete años hizo el mismo comentario. En aquel momento todos trataron de disimular la cara de contradicción ante “la indiscreción” del niño. 

Creo que desde pequeños les inculcamos a nuestros niños sin querer que ser negro es algo negativo. 

De ahí que mencionar el color de la piel de alguien negro o moreno sea visto como una indiscreción. De manera que un niño blanco no podrá mencionar que el compañerito es negro sin ser visto como un indiscreto y, más adelante al crecer, como un racista eventualmente. Ahora si la situación es la inversa el niño no será visto como un racista por decirle “catire o blanco” al compañero.

¿Tiene acaso sentido censurar que un niño o niña diga lo que veo todos los días en el espejo, sobre todo cuando no es algo negativo?

Un niño siempre va a observar las cosas que nota diferente, depende de nosotros que les coloque la etiqueta de defecto o de virtud, de algo negativo o de algo positivo o, simplemente, de algo anormal o normal.

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