Estamos sedientos. No lo disimulamos y, más que eso, lo gritamos al mundo.
Por esnobismo, por poner @enalgunlado en twitter, sabiendo conscientemente que estamos buscando algo más o inconscientemente siguiendo el impulso de ese algo en nuestro interior que nos lo pide.
Después de mucho tiempo siento, repito YO (enfatizando que no pretendo generalizar y que lo que voy a decir es una conclusión que podría ser errónea) siento que el Caraqueño está en busca de más…
Nunca habíamos sido importantes culturalmente hablando. A diferencia de Bogotá y DF, nuestro estatus de capital de una capitanía general no permitió que grandes edificios fueran construidos. La cultura a este pueblo llegó tarde y muchas veces de contrabando.

Queremos tener que rompernos la cabeza por escoger entre ir al teatro a ver La Casa de Bernarda Alba o la función del Circo del Sol, queremos librerías de tres pisos con salones de conferencias para la presentación de libros en las cuales nos perdamos durante horas, queremos que los libros sean impresos en el país, queremos no tener que esperar semanas para que el CD de nuestro artista llegue o mandar a traer un libro con un amigo afuera porque aquí no lo conseguimos.


Y tratamos de remediar la situación...
Como no hay ciclovías en toda la ciudad hay algunos valientes que pedalean de tú a tú con los carros y las motos.
Subimos al Ávila desesperados por estirar las piernas y respirar.

Salimos, nos hartamos, nos llenamos casi a reventar y aunque saciamos la sed volvemos y al poco tiempo nuestra garganta vuelve a apremiarnos, nos pide más.
Este sentimiento no es nuevo para mí, lo nuevo es sentir que cada día somos más los sedientos en este Valle.
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